Daniel Borda quería un mundo a la medida de sus frenéticas expectativas. Entonces, decidió pintar y vivir allí. Solo, por supuesto porque en sus paisajes la ausencia es el principal componente de la atmósfera y de repente uno lo acompaña en su particular edén, desde afuera observando el orden imposible.

Su pintura es dulce. Casi meditación, casi música. Llego hasta allí después de transitar por el hiperrealismo, insatisfecho. Como autodidacta a medias, no le pidió claves a la estética, sino a las visiones exigidas por su alivio interior. Hizo algunas concesiones al informalismo, dejando que la mancha se creyera libre, pero obligándola secretamente a complicados simbolismos.

Al frente un árbol, eje del universo. Su tallo desnudo y elástico contra el paisaje planetario, las aves… Mas bien la visión en el instante en que atravesamos el espejo. Ese frío de la nostalgia.

Daniel Borda se pinta si mismo. Pinta su horror al caos, es decir el cosmos. Todo allí responde a un secreto orden, al que se ha sometido incluso el virtuosismo que conocíamos en su tratamiento de la imagen. La sencillez del exotismo, el pánico de una perfección inhumana, de una armonía universal en la que no caben los hombres, los depredadores.

Planos de conciencia en que incluso el aire se ha diluido. El verdadero mérito es el espacio, lo invisible en esos lienzos, la distancia entre planos, lo que se intuye, se teme o provoca paz. Lo que no se puede poseer, en resumidas cuentas, la división entre dos mundos.

Uno mismo al borde de la disolución. Víctima del capricho de las formas, transformado por hipnosis. Extraterrestre uno, uno que creía descubrir la nave en ese otro mundo y era la propia casa, el jardín propio y uno era otro, que soñaba un mundo de hombres, edificios, vacas y arboles menos perfectos.

Daniel ha pintado la ausencia.

Klauss Steinmetz